Buscando un modelo de gestión sanitaria

Desde la llegada de la crisis económica, con su consiguiente problema de deuda y déficit público, son muchos los actores que plantean una reformulación en los planteamientos de la sanidad pública. Así, son muchas las voces que en nombre de la Nueva Gestión Pública, se han dirigido hacia la reforma de la gestión de los hospitales hacia un modelo que podríamos calificar como “menos público” ya que no cumple los requisitos para calificarla como privada. La crisis no ha hecho sino acelerar un comportamiento que ya llevaba instalado mucho tiempo en el imaginario gubernamental y que se apoya en un contexto autorizante (aunque intuitivamente carente de legitimidad social) que prima el ahorro y la estabilidad presupuestaria.

Sin embargo, el debate se ha convertido en una batalla ideológica centrada entre los que defiende el status quo actual o los que defiende un adelgazamiento a ultranza del Estado, ignorando per se la interminable escala de grises entre esos dos planteamientos y con una escasa aportación empírica que permita dilucidar la mejor opción entre todas las posibles. Por tanto, la falta de transparencia y de datos provoca un debate irremediablemente estéril y excesivamente ideológico. Hace falta más polilty y menos politics.

Dos son los elementos que vertebran este debate: sanidad de los ciudadanos y costes de mantener el sistema de sanidad. Mientras que la multiplicidad de factores que se podrían esgrimir como la renta, el clima, los hábitos y el entorno institucional son olvidados.

Uno de los principales argumentos a favor del status quo actual es que nuestro gasto sanitario ajustado por la renta es inferior a la media de los países europeos. Esto podría ser cierto si lo comparamos con países que organizan su sanidad de forma diferente (modelo Seguridad Social en Francia o Alemania); pero no lo es tanto si lo comparamos con países que aplican modelos parecidos a nuestro Sistema Nacional de Salud (Suecia, Reino Unido o Italia). Resumiendo, podríamos decir que gastamos aproximadamente lo mismo que aquellos países que organizan su sanidad de un modo parecido al nuestro. Por otra parte, a pesar de la excelencia reconocida internacionalmente de nuestros profesionales de la salud, desde hace ya muchos años se están produciendo ciertas tensiones que en algunos casos superan el ámbito nacional (déficit de médicos, números clausus, plazas MIR, clima laboral, etc.).

too big to fail

El modelo de partenariado público-privado que se propone desde Madrid conllevaría unos costes de transacción ya de por sí muy elevados. Pero supongamos que dicha experiencia no cumple los requisitos fijados , peor aún, la empresa concesionaria quiebra por el motivo que sea o simplemente entra un gobierno distinto que decide dar marcha atrás. Irremediablemente el sector público tendría que rescatar dicho hospital ya que los hospitales son una suerte de cuasi-monopolios entre su población de referencia y dada la naturaleza del servicio que prestan una posible quiebra debería ser solventada por las administraciones públicas. Entonces, los costes de volver de nuevo hacia atrás se multiplican. En España ya se ha vivido esta situación con el caso Alcira, un hospital de la Comunidad Valenciana traspasado a la empresa concesionaria Ribera Salud en 1999 y rescatado por la Generalitat en 2003. Otro de los problemas que plantea esta situación sería el riesgo moral: si una empresa y sus trabajadores saben que existe la posibilidad de ser rescatadas no disponen de los incentivos suficientes para una gestión de forma eficiente, lo que contradice los mismos principios de privatización.

Es necesario un debate más transparente y profesional que elimine las barreras informativas, estableciendo objetivos y prioridades sobre el modelo de gestión sanitaria más óptimo para cada caso local. La propuesta madrileña incluye 6 hospitales, como un primer paso, y tras un debate intenso y basado en comparaciones se propone dar salida a la externalización de uno solo de los hospitales. Mediante una evaluación a medio plazo (cinco o seis años) y con un control exhaustivo de calidad de los servicios prestados, se podrá dilucidar cuáles son los errores y virtudes de los planteamientos del gobierno de la Comunidad de Madrid. De esta manera, se podrá indicar cuál debe ser la dirección que debe tomar la gestión de la sanidad en Madrid. Por ende, esta forma de evaluar y probar puede ser extendida a las políticas públicas en materia de sanidad de las demás comunidades autónomas y a las demás  necesarias de reformas, entre ellas la política universitaria.

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Sobre las secciones juveniles de los partidos políticos

En este post soltaré una serie de reflexiones que si bien están muy maduradas, desgraciadamente no pueden tener mucho sustento teórico debido a que no tengo conocimientos de estudios al respecto. Así, todo proviene de las vivencias y de lo que he visto a mi alrededor desde hace ya varios años. Escribo este post porque ha salido a la primera línea de debate el papel que deben jugar los jóvenes en la vida política y el rol que deben jugar las diferentes secciones juveniles de los partidos políticos, todo a raíz de las declaraciones de Ana Botella en las que castizamente dice que “eliminaría las nuevas generaciones de los partidos” cuando le preguntaban por estas otras declaraciones de Esperanza Aguirre en las que espeta a los jóvenes a formarse y trabajar antes de meterse en política.

Las formaciones juveniles suelen idealizarse como un mundillo en el que empezar a entrenarse políticamente, en el que se adquirirán y madurarán los valores de la organización motriz, y en los que se harán afectuosas amistades que se compartirán a lo largo de la vida política. Por ejemplo, si entramos en la página de las JSE, leeremos:

Creemos firmemente en la necesidad de la participación de los y las jóvenes, y que a través de esta participación se pueden cambiar a mejor la vida de los ciudadanos y ciudadanas. Pensamos que la sociedad no puede permitirse el lujo de prescindir de la contribución de la que es, sin lugar a dudas, la generación mejor preparada y formada de la historia de España. Por ello queremos convertir esta página web en un instrumento para animar a los y las jóvenes a contribuir a la mejora de nuestra sociedad.

Y si entramos en la web de las Nuevas Generaciones encontramos sus fines:

  • Incorporar plenamente a los jóvenes al servicio de una sociedad democrática dentro del Ordenamiento Constitucional.
  • Promover la participación de los jóvenes en las tareas del Partido Popular y en las instituciones representativas.
  • Formular programas de actuación y de asistencia específica al servicio de la juventud, para que sean asumidos y defendidos por el Partido Popular.
  • Difundir y defender el proyecto político que representa el Partido Popular entre los jóvenes.
  • Mediante un programa de formación continua, proveer la incorporación al Partido Popular de nuevos cuadros que provengan de Nuevas Generaciones.

Como vemos todo parece muy bonito, supuestamente los jóvenes con inquietudes políticas y con ganas de luchar por los derechos de los jóvenes, eligen una formación juvenil de acuerdo con sus preferencias políticas para trabajar por el bien del conjunto de la sociedad. Sin embargo, lo que he podido ver y vivir (estuve militando en las JSA durante cuatro años) es algo muy distinto. Bajo mi punto de vista, las canteras de los partidos es un campo de entrenamiento en el que se entrenan los futuros políticos teniendo que sortear los mismo vicios y vicisitudes de su formación matriz, todo encuadrado en una organización oligárquica y estúpidamente jerárquica.

Al mismo tiempo, a los partidos les viene bien mantener estas estructuras para los jóvenes ya que gracias a ellos pueden movilizar a muchas personas y hacer mucho ruido, hacen el trabajo de campo (entrega de panfletos y pegada de carteles), a través de ellos comunican determinadas cuestiones que no estaría bien visto que la formación madura lo hiciera, y lo que es más importante, es un método de socialización y formación del electorado. Así pues, y siguiendo en el terreno de la intuición, creo que es fácil dilucidar que los beneficios que reciben los partidos de sus formaciones juveniles es mucho mayor de lo que sus jóvenes puedan ganar, y que la supuesta autonomía de estas está muy coartada ya que sus acciones están dirigidas.

Siguiendo con la argumentación es necesario hacerse la siguiente pregunta: ¿a quién se premia, a los capaces o a los fieles?. Cualquiera que haya sido un poco observador y haya estado cerca de “jóvenes políticos” sabrá que hay un sesgo exagerado hacia los segundos, de hecho estoy en condiciones de asegurar que los partidos políticos es una máquina trituradora de cerebros. Una persona formada y capaz, no tiene que aguantar los comportamientos oligárquicos y clientelistas de una formación política (joven o no), ni siquiera con la débil promesa de un futuro puesto relativamente mal pagado para él. Por tanto, sigo con la misma idea que ya he repetido en varias ocasiones, los partidos políticos tienen un serio problema de selección de élites, y las formaciones políticas juveniles no ayudan en nada a solucionar esto.

Otro vicio que genera la rigidez del entrenamiento en las diferentes juventudes es la disciplina de partido. Este es otro comportamiento poco saludable que he podido observar,  la “lavadura de cerebro” a la que son sometidos los jóvenes desde que cruzan la puerta de una sede es, salvo notables excepciones (otro ejemplo de excepción), deprimente. Precisamente durante el proceso de formación política en el que debería primarse la creatividad, el debate y la generación de ideas se anula para “seguir siendo fiel a la fidelidad”.

Regeneración de los partidos políticos

En la revista Vía Marciala del mes de diciembre me han publicado la segunda colaboración de una serie de cuatro. En esta ocasión defiendo la necesaria regeneración de los partidos políticos, apostando por la democracia y la competitividad. Sin más, os transcribo el artículo.

 

El pasado mes abría el primero de cuatro artículos en los que se proponen cuatro reformas para elevar la calidad de nuestros dirigentes. Empezamos defendiendo el aumento y la racionalización del sueldo de nuestros políticos, en esta ocasión propondremos que se regule la democracia y la competitividad de los partidos políticos.

Como escribí el mes pasado, no hay soluciones mágicas que subsane la enfermedad que recorre todos nuestros órganos políticos pero con un poco de análisis y de brío a la hora de tomar las decisiones todo puede ser manifiestamente mejorable.

Mientras otros países de nuestro entorno van avanzando en la democracia de los partidos políticos, en España no somos capaces de superar el dedazo o el quítate tú que me pongo yo. Los partidos políticos son las instituciones primarias de cualquier sistema democrático competitivo, y como tal, deben ser los primeros en dar ejemplo y ser la vanguardia de la democracia. La mala praxis de estas instituciones se ha trasladado a muchos más órganos democráticos (CGPJ, Banco de España, Tribunal de Cuentas, algunos altos cuerpos de la Administración, etc). Sin embargo, tenemos instituciones cerradas y opacas donde la selección negativa de los dirigentes es la norma, se desprecia el talento y se premia a los perros falderos. Además, especialmente en España tenemos un problema grave de cuadros jóvenes (en algunos partidos más que en otros) por lo que la regeneración es más difícil si cabe.

La experiencia que se recoge en las democracias punteras es que es muy necesaria una legislación rígida que regule el funcionamiento interno de los partidos y acercar su democracia a la ciudadanía para que el centro de gravedad de nuestro Estado deje de ser las cúpulas de los principales partidos. Como modelos a seguir podemos nombrar el de Estados Unidos, donde las primarias de los partidos están abiertas a todos los ciudadanos, con lo que el valor de un carné es muy relativo. Mencionamos también a Gran Bretaña donde la celebración de una conferencia al menos una vez al año es obligatoria. Y sobre todo Alemania cuya ley de partidos obliga a que los partidos políticos celebre congresos cada dos años, la financiación de los partidos es muy minuciosa y es controlada mediante auditorías externas, los candidatos y los cargos internos tienen que ser elegidos por elecciones primarias abiertas a todos los afiliados, el voto es secreto y es a personas y no a listas cerradas. Todo esto provoca que las tesis impuestas por las cúpulas no triunfen si no cuenta con el apoyo del resto de la organización pudiendo triunfar una propuesta crítica o alternativa. Y lo que no es menos importante, los políticos y dirigentes tienen que rendir cuentas ante su organización y reprobar su cargo cada cierto tiempo.

Lo bueno de estos sistemas más abiertos es que los miembros de los partidos que se postulan para cualquier puesto tienen que rendir más hacia todos los miembros y no hacia la persona que confecciona la lista, tienen que diseñar un discurso y conectar con la gente. Y sobre todo, tienen que creer más en la democracia.

Repensar el modelo universitario

Hace ya cinco años empezó mi aventura universitaria, y por lo que a mí me incumbe espero que dure muchos años más. Mi experiencia ha sido sumamente positiva, no solo por la formación que he recibido, sino también por la cantidad ingente de ventanas y puertas que me ha abierto hacia otras subramas de mi carrera, hacia otras ciencias paralelas, a un sinfín de referencias culturales, a ampliar y mejorar mi capital social, al extranjero y a otras cosas que no voy a decir. La Universidad y los universitarios han sido siempre la vanguardia de cualquier sociedad, democrática o no. En definitiva, estoy en condiciones de asegurar que en la recta final de mi etapa universitaria “obligatoria”, la Universidad ha pasado por mi vida y no simplemente he sido yo el que he pasado por ella.

Sin embargo, el sistema actual universitario está muy anquilosado en España y por lo que tengo conocimiento en otros muchos países de Europa continental (no en todos). Además, la calidad de la Universidad española está en pleno retroceso. Muchas de las carreras se han convertido en un gran “tercero de bachillerato”: planes de estudios mal diseñados, escasa financiación, disputa entre universidades, facultades y departamentos, demasiada paja entre las asignaturas, etc. La gestión de la Universidad, como en gran parte de la Administración Pública, se debe en gran parte al clientelismo. En la mayoría de las universidades españolas los rectores le deben su cargo “a los colegas“, en muchos casos los rectores son personas con nula capacidad gestora y desde su despacho desconocen los problemas principales de sus alumnos. Son los alumnos, y por consiguiente el conjunto de la sociedad, los que deben de estar en el centro de todas las sinergias enfocadas a mejorar la calidad de la Universidad y no los profesores o los políticos.

No solo está mal gestionada la Universidad, también el ámbito educativo e investigador está infectado. Como dice Pablo Simón en La Kancillería:

“…la universidad (la española al menos) tenemos una concepción del saber propia de la Edad Media. Y no le falta razón. Aquí el conocimiento tiene una dimensión mística y piramidal: el que sabe es una persona que guarda sus conocimientos con celosía, sin que se sepa muy bien de donde proceden, y los comparte desde la aceptación de que su palabra es puro dogma de fe. Adquirido el saber sobre una materia determinada, su transmisión es meramente unidireccional y su diálogo con otros paradigmas es directamente incompatible. Cómo si de miles de órdenes monásticas y sectas se tratase, cada una de ellas separada, con sus propias liturgias y formas, encapsulada. Pero eso sí, todas pensando que adoran al verdadero Dios de la ciencia. Hacer vida en un departamento universitario es tener que moverse en el proceloso mundo de un estado feudal y eso es algo que sólo se averigua con el tiempo. Cumple los requisitos básicos para funcionar como tal: polisinodal (muchos centros de poder) y estamental(basado en jerarquías y vasallaje).”

En menor medida que en la educación obligatoria, gran parte del profesorado no está bien seleccionado. La simbiosis entre investigación y docencia es realmente espantosa: una persona puede ser buena investigando y no solo un desastre enseñando sino que considera la docencia como una piedra en su camino. Y al contrario supongo que puede suceder lo mismo. Para más inri, en mi Universidad se premia al profesor bien evaluado por sus alumnos con más horas dedicadas a la investigación y menos a la docencia.

Y por último, uno de los despilfarros cometidos en los años de bonanza ha sido la proliferación de facultades y universidades por todas las provincias españolas como setas. Con mejor intención que aquellos que han construido bibliotecas sin libros y aeropuertos sin aviones, la época del Ave para todos también nos puso una Universidad en la puerta de nuestras casas. Esto, que puede parecer positivo en un principio (universalización de la educación universitaria, etc.) no redunda en la calidad de la educación ya que el conocimiento se dispersa, todas ofrecen lo mismo, entran profesores con baja cualificación…

Sin entrar en más dilaciones ni consideraciones exógenas, voy a proponer una serie de reformas en el sistema educativo español. Las últimas cinco propuestas son de Manuel Gómez, un tipo que sabe mucho más que yo de estos temas pero que abordamos la realidad desde diferentes prismas.

1. La primera propuesta es de un calado intensísimo y muy general y que ya he manifestado en muchas ocasiones, es la de redirigir la veleta del Estado de Bienestar hacia las capas jóvenes de la sociedad.

2. Como el primer punto es muy improbable, una solución alternativa es subir las tasas universitarias, proporcional y exclusivamente a aquellos que se lo pueden permitir.

3. Fusionar universidades y reducir facultades y titulaciones.

4. El punto 3 y 4 no tendría sentido si no se plantea un sistema de becas muy generoso, que favorezca a las rentas medias y bajas y que premie extraordinariamente al talento. Un sistema de becas que te permita elegir la facultad de cualquier provincia que el alumno desee. Como escuché a un viejo en la radio a cuento de este tema: “cuando un chaval cumple 18 años lo que tiene que hacer es salir de casa”.

Los siguientes puntos deben mucho al modelo americano, que no es el mejor pero sí uno de los mejores.

5. La gestión de la Universidad es un tema peliagudo (en un principio el post iba solo dirigido a este punto). Tanto el sistema medio de selección de los rectores en España como un supuesto sistema completamente democrático (rollo Complutense) deja mucho que desear por muchos motivos. Hay que buscar un sistema de selección de los cargos gestores para que los responsables tengan unas metas y unos objetivos que hagan ganar al conjunto de la sociedad y no exclusivamente al sector que más le ha ayudado en ganar las elecciones.

6. Atraer el apoyo filantrópico y favorecer el mecenazgo a toda costa, clave del éxito de universidades como Harvard.

7. Implicar a los ex alumnos en la gestión y en los objetivos de su ex universidad. Este punto está muy asentado en EEUU y esa conciencia no existe desgraciadamente en España: lo más interesados en la mejoría de su antigua Universidad deben ser aquellos que han recibido su formación allí ya que recapitaliza su título. Sobre este punto tengo que seguir escribiendo en otro post.

8. Cambiar la lógica del investigador que desarrolla toda su vida académica en el departamento en el que entró con 23 años. Por ejemplo, en EEUU, una vez que has hecho la tesis doctoral tienes que pasar al menos 10 años en otro departamento. Esto favorece el desarrollo científico, la transmisión del conocimiento y corta las alas al corporativismo.

9. Todos mis amigos que han estudiado en una Universidad anglosajona han venido encantados por su forma de enseñar, todos coinciden en que su aprendizaje ha sido mucho mayor que en España. Según tengo entendido es un sistema en el que es el alumno es el que tiene que enseñarse, las clases están para las dudas y para el intercambio de ideas sobre el trabajo que el alumno ha hecho previamente en su casa. Los exámenes ocupan un lugar secundario. Y enlazando con el tema de los exámenes me gustaba especialmente el sistema francés, en el que para pasar de curso tenías que tener una nota media (posiblemente cualificada). Es decir, que si la asignatura X se te da mal y no pasas del 3 no hay problema.

Paso con las propuestas de Lolo, posiblemente él no comparta las anteriores:

10. Empoderar a los estudiantes, hay que escucharlos. El sistema de evaluación de los profesores por parte de los alumnos bien aplicado puede dar muy buenos resultados, como por ejemplo en Córdoba.

11. El método de investigación debe ser más libre, más “Creative Commons”. El conocimiento, en el sentido platónico, debe pasar del esoterismo al exoterismo.

12. Acabar con la lógica cortoplacista de la rentabilidad inmediata, tan ibérica ella.

13. Terminar con la precariedad entre el profesorado. ¿Sabéis cuánto cobra un profesor en EEUU? Una barbaridad, siempre repito que para atraer a los mejores hay que pagarles bien.

14. El sector público tiene que tener más poder sobre la Universidad a la hora de sacar proyectos estratégicos, la iniciativa privada en España no está muy interesada por la investigación. Sin embargo, añado que hay que incentivar a toda costa la innovación y la investigación en el ámbito del sector privado.

Conclusiones

El sistema universitario español, aunque no es un desastre tiene grandes lagunas y es potencialmente muy mejorable. Sin embargo, esta serie de propuestas deberían insertarse dentro de un conjunto de reformas más amplias que reformen el sistema educativo por completo y como digo en el primer punto reactualizar el Estado del Bienestar, teniendo siempre en el punto de mira la mejora constante de las políticas educativas. En un principio iba a escribir exclusivamente sobre la deficiente gestión de las universidades pero al final me he enredado y me ha salido este megapost que mañana voy a enviar al ministro Wert.

Frase de Albert Camus

“Una de las cosas que lamento es haber concedido demasiada objetividad. A veces, la objetividad es conformismo. Hoy en día las cosas están claras y debemos decir que algo es concentrationnaire si de verdad lo es, aunque se trate del socialismo. En cierto sentido, no volveré a ser correcto”.

Albert Camus

Rajoy año I: ¿algo bueno?

Estamos a las puertas de superar el primer año de Rajoy en la presidencia del gobierno. El gobierno popular goza de un poder omnipotente, tiene una amplia mayoría absoluta y gobierna en casi todas las comunidades autónomas y prácticamente en todas las capitales de provincia. A pesar del poder que ostenta y que sabía mucho antes de las elecciones de 2011 que iba a tener, su mandato se está caracterizando por la incertidumbre y la improvisación.

Todos los indicadores relacionados con la crisis (crecimiento, desempleo, prima de riesgo, etc) están empeorando. Nuestro presidente no duda en retrasar varios meses la aprobación de  los PGE varios meses para esperar a que pasaran las elecciones andaluzas. Un presidente que no tenía ni idea de qué iba a hacer cuando llegara a la presidencia (y no me vale lo de que no sabía la situación que se iba a encontrar porque sí la sabía, él y toda España) y que ni siquiera había avisado a quién iba a ser su ministro de Economía para que se fuera preparando. Un presidente que deja que su ministro de Justicia legisle a golpe de titular, que deja que su ministro de Educación declare la guerra a todo el sistema educativo,  que coloca en el ministerio de Trabajo a una total incompetente con 6 millones de parados, que dilata la decisión de pedir el rescate a cuando se le aparezca la Virgen de Fátima, que por supuesto no piensa cumplir un poquito de su programa electoral, que no da la cara ni ante la ciudadanía y que deja recaer todo el peso de la responsabilidad sobre sus ministros. La lista del escarnio del primer año de Rajoy es interminable.

Sin embargo hay gente que sigue afirmando que él y su gobierno está haciendo lo correcto, que incluso vamos por el buen camino. Yo no le digo a nadie lo que tiene que pensar o dejarse creer, es algo que no comparto pero que por mucho que le busco algo positivo no encuentro. Comprendo que la situación es catastrófica, que a pesar de su poder sus decisiones están muy maniatadas por la troika…

¿Qué ha hecho Rajoy bien? Siendo un poco retorcido podemos llegar a pensar que Rajoy es el  único presidente -salvo en casos como el de las elecciones andaluzas o las políticas llevadas a cabo por Rajoy- que no solo piensa en el corto plazo, sino que se empeña en en la búsquedas de soluciones que nos beneficiarán dentro de 10 o 15 años. Eso sí, a un coste altísimo.

Hay algunos indicadores positivos pero en los que la incidencia del actual Gobierno no es muy alta.  Como dice Roger en poltikon, hay luz al final del tunel. A saber: estamos recuperando competitividad, algo que no ocurría desde 1995 (a base de echar a todo los trabajadores no cualificados, claro); las exportaciones crecen como la espuma y nuestra balanza exterior es positiva, cosa que no veíamos posiblemente desde la Primera Guerra Mundial; finalmente parece que los problemas bancarios se van a solucionar (en UK, EEUU o Irlanda solucionaron los problemas en semanas); las comunidades autónomas se están poniendo al día con el déficit; y por último los precios de la vivienda tocará fondo el año que viene, un poco más tarde empezarán a subir de nuevo y solo entonces empezará a revitalizar razonablemente el sector inmobiliario.

Para concluir me gustaría hacer una comparación. Imaginaos que España es un enfermo, que está en la UCI (de hecho lo estamos), las medidas para atajar la crisis es como si sin recuperar las constantes vitales pretendiéramos pasar el enfermo a planta directamente, sin cortar la hemorragia. Pues en esas estamos, si queremos reformar el Estado para que en un futuro sea sostenible primero habrá que dejarlo respirar y que su corazón vuelva a palpitar.

Un 25% de paro: hay que hacer algo YA

Nuestro mayor problema es el paro estructural que sufre España. Nuestro mejores datos datan de los años 2006 y 2007, cuando el país iba viento en popa a toda vela con un 8% de paro. En cualquier país perteneciente a la OCDE dicha cifra ya es más que suficiente para quitar al presidente de turno y poner a otro, pero la peculiaridad española en estos temas nos hace un país bien diferente en cuanto a la tasa de desempleo.

La semana pasada salió a la palestra el nuevo dato: un 25% de desempleo y camino de llegar a los 6.000.000 de parados. El gran fracaso de todos nuestros dirigentes políticos, líderes sindicales y ecómicos es éste sin duda, corazón de muchos más problemas: deshaucios, incremento de la pobreza, brecha entre ricos y pobres, etc.,  nos estamos cargando literalmente a toda una generación. Nuestra producción tardará décadas en alcanzar la de 2007 (cuando llevaba una década y media estancada), mientras tanto nuestras mentes más preparadas salen de España en busca de un acomodo laboral más cálido.

Propuestas para atajar este problema las hay y muchas desde todas las opciones políticas: contrato único para reducir la dualidad laboral, política expansiva en los países del norte para que empiecen a tirar del carro, política expansiva en los países del sur, fomentar los contratos a tiempo parcial para repartir los contratos entre más personas, cambiar la veleta del Estado de Bienestar para que apunte hacia los jóvenes, y un largo ecétera. ¿Qué está haciendo el actual Gobierno de España? Absolutamente nada, nada de lo que se le propone es aceptado.

Los expertos se echaban las manos a la cabeza con algunas de las medidas de Zapatero para atajar lo que él llamaba de 14 maneras distintas sin mencionar la palabra crisis. Pero, ¿y el gobierno de Rajoy? Después de casi un año de gobierno popular, Rajoy está ganándose a marchas forzadas ser uno de los 5 peores gobernantes de toda la historia española. En materia económica está incluso haciendo bueno a Zapatero, en materia social es harina de otro costal. No hay forma lógica de entender cómo, una persona que llevaba meses y meses sabiéndose próximo presidente de un gobierno no preparara a su equipo, eligiera sus ministerios claves y diseñara un plan qué poner en marcha una vez instalado en el gobierno. Esto se aplica en los países anglosajones y se conoce como shadow cabinet, se trata de un paragobierno de oposición en el que cada componente se encarga de una materia y hace oposición específica, suponiendo que una vez en el poder aplicará las medidas que ha estado proponiendo. Sin embargo Rajoy no tenía ningún plan, los españoles lo votaron por inercia pero ningún ciudadano en este país tenía la menor idea de cuál era su hoja de ruta para salir del atolladero. Cuando los populares se instalaron en la Moncloa empezaron a gobernar a base de chapuzas e improvisando (y no me vale que no sabían los datos del déficit cuando el PP gobierna en las comunidades más endeudadas).

En fin, hay que hacer algo y ya, lo que sea. Es hora de apelar a la imaginación, de buscar algo que pare esta sangría de la que nos estaremos acordando durante las próximas décadas.